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Cómo saber si un perfume se ha estropeado y cómo conservarlo mejor

Hay fragancias que se usan a diario y otras que se reservan para momentos concretos, con el resultado de que algunos frascos pasan meses, incluso años, en el tocador. Y entonces aparece la duda, si ese aroma sigue siendo el mismo o si se ha “pasado”, sobre todo cuando el líquido parece un poco más oscuro que al principio.

En perfumería no existe una caducidad tajante como la de los alimentos. Lo habitual es que el perfume no se estropee de golpe, sino que vaya cambiando lentamente, principalmente por un proceso químico, la oxidación. El contacto con el oxígeno, el aire que queda en el frasco conforme se va vaciando y la interacción de las moléculas aromáticas pueden alterar, de manera gradual, el olor y el color.

En Europa, cuando un cosmético tiene una vida útil larga, la etiqueta suele recurrir al símbolo del tarro abierto, el PAO, que indica el tiempo recomendado de uso desde la primera apertura, expresado normalmente en meses, por ejemplo 12M o 24M. Es una orientación práctica para el consumidor, aunque en perfumería la presencia de alcohol actúa como conservante y, en muchos casos, esa indicación no aparece.

La oxidación

La pista más fiable es el olfato. Si al pulverizar aparece un tono agrio, metálico o simplemente extraño, como si las notas iniciales hubieran perdido brillo y quedara un fondo más plano, puede ser señal de degradación. Esto suele notarse antes en fragancias con salidas cítricas o verdes, más sensibles al aire y la luz.

El aspecto del líquido también orienta, aunque con matices. Un oscurecimiento leve encaja con la oxidación y no implica necesariamente que el perfume sea inutilizable. Lo relevante es el conjunto, un cambio de color marcado, una pérdida evidente de transparencia o la aparición de turbidez y partículas. Con el tiempo, además, parte de los componentes más volátiles puede evaporarse, la mezcla se concentra y el aroma se separa de lo que recordabas, incluso sin llegar a oler mal.

Otro indicio es el rendimiento. Cuando un perfume ya no proyecta como antes, dura mucho menos o requiere más pulverizaciones para ofrecer el mismo efecto, no siempre se debe a la piel o a la memoria olfativa. Para comprobarlo sin comprometer la piel, conviene hacer una prueba en una tira de papel o en un pañuelo, dejar que asiente unos minutos y valorar si evoluciona de forma limpia o deriva hacia notas apagadas y rancias.

En general, un perfume envejecido no suele ser peligroso, pero sí puede resultar más irritante para pieles sensibles, porque ciertos compuestos oxidados aumentan el riesgo de reacción. Si existe historial de dermatitis o alergias, lo prudente es probar en una zona pequeña o aplicar la fragancia sobre la ropa.

La buena noticia es que gran parte de estos cambios se previene con un almacenamiento cuidadoso. Los dos enemigos habituales son la luz y el calor. La radiación favorece la descomposición de moléculas aromáticas y acelera la oxidación, mientras que las temperaturas altas facilitan la evaporación selectiva de algunas esencias, alterando el perfil original. Por eso se aconseja guardarlo en un lugar fresco, seco y estable, lejos de ventanas, radiadores o estanterías cercanas a bombillas.

También influye el sitio más común y menos adecuado, el baño. Los cambios bruscos de temperatura y la humedad continuada no ayudan a conservar una fórmula pensada para mantenerse estable. Si se quiere prolongar la vida del perfume, es preferible un armario interior o un cajón, y, cuando sea posible, mantener el frasco en su caja original, que actúa como barrera frente a la luz.

Además, hay gestos pequeños que cuentan. Cerrar bien el tapón después de cada uso reduce el intercambio de aire y ralentiza la oxidación. Y evita dejarlo nunca destapado. Si se tiene una colección amplia, abrir menos frascos a la vez ayuda, porque el envejecimiento se acelera conforme aumenta el volumen de aire en el interior del envase. Al final, la regla es sencilla, si el perfume conserva un olor agradable y no provoca molestias, sigue cumpliendo su función, aunque haya madurado con el tiempo.

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