Salud

Cuándo conviene preocuparse por las venas varicosas, y cuándo pueden esperar

A veces empiezan como un detalle estético, unas venas más marcadas, azuladas o abultadas que se notan al mirarse las piernas con calma. Sin embargo, en otras ocasiones son la señal visible de que la circulación venosa no está funcionando como debería. No siempre implican un problema grave, pero sí merecen atención cuando se acompañan de molestias constantes o cambios en la piel.

Las venas varicosas aparecen cuando las venas superficiales se dilatan y se vuelven tortuosas. El motivo habitual es que la sangre, en lugar de ascender con normalidad hacia el corazón, se queda “retenida” en las piernas porque las válvulas internas que deberían impedir el retroceso pierden eficacia. Es un proceso gradual, con temporadas de mejoría, pero con tendencia a avanzar si se mantiene la causa.

Son más frecuentes con el paso de los años y también influyen factores como la predisposición familiar, los cambios hormonales, el embarazo, el exceso de peso y los trabajos o rutinas que obligan a pasar muchas horas de pie o sentada. En muchas personas no producen síntomas al inicio, y por eso se infravaloran, pero el cuerpo suele avisar cuando la situación empieza a tener impacto real.

Señales que indican que conviene revisarlas

La pista más habitual es la sensación de pesadez en las piernas, ese cansancio que se acumula al final del día y que mejora al descansar o elevar los pies. A veces se acompaña de dolor sordo, tirantez, sensación de presión, hormigueo o calambres nocturnos. Si estas molestias se repiten con frecuencia, no es algo que haya que asumir como normal: lo prudente es consultarlo para valorar el estado de las venas y evitar que el problema se consolide.

Hay señales que llaman todavía más la atención porque suelen aparecer cuando el retorno venoso ya está afectando a los tejidos. Una de ellas es la hinchazón de tobillos o de la parte baja de la pierna, especialmente al final del día. Otra es el cambio progresivo en la piel, que puede volverse más sensible, con picor, irritación, descamación o un aspecto de eczema. En algunos casos, la zona del tobillo adquiere una coloración más oscura, marrón rojiza, como si la piel estuviera “manchada”. Este tipo de cambios no son solo un tema estético, indican que conviene actuar.

Una situación especialmente importante es la aparición de una herida que tarda en cerrar cerca del tobillo o en la parte inferior de la pierna. Las úlceras venosas pueden empezar con una pequeña lesión que no cicatriza bien y que, con el tiempo, se agranda. Si ocurre, no es un problema para “ir viendo”, requiere valoración cuanto antes.

También es relevante el sangrado. Las varices están cerca de la superficie y algunas son frágiles. Un golpe o un corte leve puede provocar un sangrado más abundante de lo esperado. Si se repite, o si cuesta controlarlo, hay que revisarlo para reducir el riesgo de nuevos episodios y descartar complicaciones.

Otro aviso es la inflamación dolorosa de una vena, como un cordón duro, sensible, caliente y con la piel enrojecida alrededor. Puede tratarse de una inflamación venosa superficial, y aunque no siempre es grave, sí debe evaluarse para decidir el manejo correcto y confirmar que no hay afectación más profunda.

Y hay un punto que no admite dudas: si aparece una pierna mucho más hinchada que la otra, con dolor importante, calor local, o si se suma falta de aire o dolor en el pecho, se debe buscar atención médica de forma urgente. En ese contexto, el riesgo de un problema trombótico es una posibilidad que no se puede ignorar.

En consulta, lo habitual es una exploración física y, cuando se necesita precisión, una ecografía Doppler para comprobar por dónde circula la sangre y si existe reflujo. Con esa información se decide el enfoque, que no siempre pasa por procedimientos. En fases iniciales, muchas personas mejoran con medidas sencillas: caminar con regularidad, evitar inmovilidades largas, alternar posturas, elevar las piernas en descansos breves y, cuando está indicado, usar medias de compresión, que ayudan a reducir la hinchazón y la sensación de pesadez.

Si hay dolor persistente, cambios cutáneos, heridas, sangrados o un impacto claro en la calidad de vida, se plantean tratamientos para cerrar la vena que funciona mal y redirigir el flujo hacia venas más eficientes. Hoy se utilizan con frecuencia técnicas mínimamente invasivas, con recuperación rápida y realizadas en muchos casos con anestesia local. La elección depende del patrón de las venas afectadas y de los síntomas.

En resumen, las varices no siempre exigen una intervención inmediata, pero sí conviene tomarlas en serio cuando dejan de ser solo “una vena marcada” y empiezan a traducirse en dolor, hinchazón, cambios en la piel o problemas de cicatrización. Prestar atención a esas señales es una forma sensata de adelantarse a complicaciones y escoger el tratamiento adecuado en el momento oportuno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *