Salud

Cómo plantar cara a la rinitis alérgica, claves para aliviarla sin perder el día

Cuando la nariz se convierte en un grifo, los estornudos llegan en cadena y los ojos pican como si hubieran pasado horas frente a una pantalla, no siempre es un simple resfriado. La rinitis alérgica tiene ese punto traicionero, no suele doler, pero desgasta, interrumpe el sueño, enturbia la concentración y, en la práctica, obliga a vivir con pañuelos cerca.

Se trata de una inflamación de la mucosa nasal provocada por una reacción del sistema inmunitario frente a sustancias del entorno a las que la persona está sensibilizada. Por eso los síntomas pueden parecerse a los de un catarro, pero con una diferencia clave, en muchos casos duran lo que dura la exposición al desencadenante. La congestión, la secreción nasal acuosa, el picor en nariz o paladar y los estornudos repetidos son habituales. A menudo se suman lagrimeo, enrojecimiento y picor ocular, y en algunas personas aparece tos.

Los culpables cambian según la época y el ambiente. En primavera destacan los pólenes de plantas, árboles y arbustos, pero también existen alérgenos presentes todo el año, como los ácaros del polvo, el epitelio de animales domésticos o determinadas sustancias del entorno laboral. En España, este problema es muy frecuente y se ha estimado que puede afectar a entre el 20% y el 40% de la población.

Lo que más ayuda, reducir exposición y ordenar el tratamiento

La primera palanca es sencilla en teoría y difícil en la vida real, evitar el alérgeno. Si el problema es el polen, conviene seguir la lógica del calendario y reducir la exposición en los momentos de mayor carga ambiental. Se recomienda limitar las salidas en las franjas en las que suele concentrarse más, y mantener ventanas cerradas tanto en casa como durante los desplazamientos. En días con viento, y también cuando hay tormentas, las molestias pueden intensificarse, porque el polen se dispersa y puede fragmentarse, facilitando su entrada en las vías respiratorias.

Cuando no queda más remedio que salir, la protección física marca diferencias pequeñas pero acumulativas. Las gafas de sol actúan como barrera para la mucosa ocular y el uso de mascarilla reduce la entrada de partículas por nariz y boca. Al volver a casa, el gesto más útil suele ser el menos vistoso, ducharse, lavar el pelo si se ha estado al aire libre, y cambiar la ropa para no arrastrar al interior lo que se ha pegado durante el día.

Si el desencadenante es el polvo, la estrategia cambia de escenario, el enemigo está dentro. Ventilar ayuda, pero la clave es reducir reservorios y remover menos partículas. Mejor limpiar superficies con paño húmedo que sacudir en seco, pasar el aspirador con frecuencia y simplificar la decoración, especialmente si abundan alfombras o peluches. La ropa de cama merece un capítulo aparte, lavarla con regularidad y, cuando el tejido lo permite, a temperaturas altas, reduce carga de alérgenos en un lugar donde pasamos muchas horas.

Las mascotas, por su parte, exigen una decisión práctica. Si existe alergia al epitelio de animales o a los ácaros, lo ideal es no convivir con animales de pelo o pluma. Cuando esto no es posible, restringir su acceso a dormitorios y extremar la higiene puede aliviar, aunque no elimina del todo el problema. Hay además un matiz poco conocido, la presencia de animales puede favorecer la población de ácaros, que se alimentan de restos orgánicos como escamas y pelo.

En paralelo, hay medidas de apoyo que suelen funcionar bien como rutina. Los lavados nasales con suero salino ayudan a arrastrar irritantes y secreciones, y se consideran un complemento útil del tratamiento. Puede hacerse con formatos tipo aerosol o con sistemas de irrigación, siempre con higiene adecuada. También puede aliviar inhalar vapor de una ducha caliente para aflojar mucosidad y reducir la sensación de bloqueo.

La hidratación es otra herramienta discreta pero efectiva, beber líquidos ayuda a diluir la mucosidad. Y si el ambiente es muy seco, un humidificador puede mejorar el confort, con una condición importante, mantenerlo limpio siguiendo las indicaciones del fabricante para evitar que se convierta en una fuente de problemas.

Cuando las medidas ambientales no bastan, entra el tratamiento farmacológico, y aquí conviene salir del ensayo y error. Los corticoides intranasales y los antihistamínicos de segunda generación se consideran pilares para controlar los síntomas, con una idea general, los corticoides nasales suelen ser especialmente eficaces para abarcar el cuadro completo. Aun así, la elección depende de intensidad, frecuencia y perfil de cada persona, por eso se insiste en consultar con un profesional y evitar la automedicación si no hay un diagnóstico claro.

Un aviso práctico que se repite cada temporada, algunos antihistamínicos pueden causar somnolencia. Si ocurre, hay que extremar precauciones al conducir o manejar maquinaria, y valorar con el médico el ajuste del fármaco o del horario.

Por último, si los síntomas son persistentes, interfieren con el descanso o se acompañan de silbidos al respirar, opresión torácica o empeoramiento del asma, merece la pena dar un paso más. Las pruebas de alergia, y en casos seleccionados la inmunoterapia, pueden ayudar a mejorar el control a largo plazo y a reducir el impacto cotidiano de una condición que, aunque común, no debería normalizarse cuando limita la vida diaria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *