Salud

Diarrea, cómo frenarla y cuándo conviene consultar

La diarrea es uno de esos problemas digestivos que aparecen sin avisar y alteran por completo el día, por la urgencia, por el malestar y, sobre todo, por el temor a que se complique. Aunque en muchos casos se resuelve por sí sola, entender qué está pasando ayuda a actuar con más calma y a reducir riesgos, especialmente en niños pequeños y en personas mayores.

Desde el punto de vista clínico, se habla de diarrea cuando aumenta la frecuencia de las deposiciones, más de tres al día o más de lo habitual para esa persona, y además cambia su consistencia, se vuelven más sueltas o líquidas. Puede acompañarse de dolor abdominal, de retortijones y de necesidad imperiosa de ir al baño. En ocasiones se observan elementos como moco, sangre, pus o incluso un exceso de grasa en las heces, y ese detalle cambia por completo la forma de valorar el cuadro.

No todas las diarreas son iguales ni duran lo mismo. Se considera aguda cuando dura menos de tres semanas y puede acompañarse de malestar general, náuseas, vómitos o fiebre, mientras que se denomina crónica si se prolonga más allá de ese tiempo. Existe también la conocida como diarrea del viajero, vinculada a desplazamientos a zonas con menores condiciones higiénicas y provocada por microorganismos como bacterias, virus o parásitos.

La hidratación y la dieta

El riesgo más habitual no suele ser la diarrea en sí, sino lo que arrastra detrás, la deshidratación. Cuando el intestino no absorbe bien líquidos y nutrientes y se pierde más agua a través de las heces, el cuerpo puede quedarse corto de volumen y sales. En adultos, las señales generales incluyen sed, menor frecuencia de orina, piel seca, cansancio y un color de orina más oscuro de lo habitual. A veces también se nota cierta debilidad al levantarse, como si faltara energía de golpe.

En la infancia, la vigilancia debe ser aún más estrecha porque el margen es menor y los cambios se aceleran. Entre los signos que se describen están la sequedad de boca y lengua, el llanto sin lágrimas, irritabilidad y fiebre alta. Otro indicio útil es la piel que, al pellizcarla suavemente, tarda en recuperar su posición. Y hay un dato muy práctico para familias con bebés, que el pañal permanezca seco durante unas tres horas, algo que puede sugerir una bajada marcada de la hidratación.

A la hora de actuar, la primera idea es sencilla y suele ser la más eficaz, beber y hacerlo bien. Se recomienda mantener una hidratación continuada y, como pauta general, se suele hablar de en torno a 1,5 a 2 litros al día entre agua, infusiones o caldos suaves, ajustando según tolerancia y según las pérdidas. Cuando la diarrea es evidente, las soluciones de rehidratación oral son una opción útil porque ayudan a reponer líquidos y sales con una proporción equilibrada. En cambio, conviene ser prudente con bebidas muy azucaradas, ya que pueden empeorar el cuadro en algunas personas.

La alimentación también cuenta, pero sin dramatizar ni forzar. Durante el episodio se suele aconsejar reducir la fibra unos días, porque puede acelerar el tránsito intestinal. Se priorizan alimentos fáciles de digerir y con menor contenido graso, además de preparaciones sencillas, hervidos, vapor, plancha u horno, que no añadan grasa innecesaria. La fruta madura suele tolerarse mejor que la cruda en pleno brote, y en muchos casos resulta más suave si se toma sin piel y, cuando apetece, cocinada o asada.

Otro punto frecuente es la tolerancia a los lácteos. En algunos casos, la leche y ciertos derivados se digieren peor durante el episodio, por lo que puede ser útil optar por alternativas con menor lactosa o reintroducirlos poco a poco si sientan bien. También se recomienda evitar temperaturas extremas en la comida, muy caliente o muy fría, porque pueden estimular el intestino y aumentar la urgencia. Y conforme se observa mejoría, lo habitual es ampliar la dieta de manera gradual, sin saltos bruscos.

Hay alimentos que tradicionalmente se consideran “astringentes” y se citan a menudo como un apoyo inicial, arroz, manzana, membrillo, tortilla o fiambre cocido, siempre valorando la respuesta individual. La idea no es imponer una dieta rígida, sino escoger opciones suaves que no irriten, en porciones pequeñas y repartidas, para dar margen al intestino mientras se recupera. Si algo sienta peor, se retira y se vuelve a lo simple, sin dramatizar.

En paralelo, conviene ser prudente con la medicación. Si la diarrea se intensifica, lo recomendable es evitar la automedicación, porque no todas las diarreas se tratan igual y algunas requieren un enfoque distinto. Además, ciertos medicamentos pueden desencadenarla como efecto secundario, incluidos los antibióticos. Y no siempre el origen es infeccioso, también puede relacionarse con situaciones de estrés, ansiedad o enfermedades inflamatorias intestinales.

Por último, hay situaciones en las que es mejor no esperar. Se aconseja consultar si hay sangre o moco en las heces, vómitos intensos, fiebre alta, si la diarrea se prolonga dos o más semanas, si existe una enfermedad previa que pueda descompensarse, o si el episodio aparece tras un viaje a una zona de riesgo. En menores de 3 años y en mayores de 65, se recomienda acudir si no mejora pese a las medidas básicas en un plazo aproximado de entre 24 y 48 horas.

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