Diez señales que pueden avisar de una ludopatía antes de que sea tarde
Apostar puede empezar como un pasatiempo, pero en algunas personas el juego deja de ser ocio y se convierte en una conducta que manda. Los especialistas describen la ludopatía, o trastorno por juego, como la incapacidad persistente para frenar el impulso de jugar pese a las consecuencias negativas, con efectos emocionales, sociales y económicos que se acumulan con el tiempo.
Las cifras ayudan a entender por qué la detección temprana importa. En España, la encuesta EDADES señala que en 2024 el 53,8% de la población de 15 a 64 años jugó con dinero en el último año, y que la participación presencial fue muy superior a la online, que se situó en torno al 5,5%. Aun así, el riesgo existe.
El foco se pone, además, en los más jóvenes. Sanidad estima que un 4% del alumnado de 14 a 18 años podría presentar un posible juego problemático. Y en el tramo de 18 a 25 años, un estudio oficial sobre juego online indicó que, entre quienes hicieron apuestas online, en torno al 12% desarrolló síntomas de problemas con el juego.
Cuando el juego ocupa el centro
La primera señal suele ser mental, y por eso se pasa por alto. La persona piensa de forma recurrente en apostar, repasa jugadas, planifica la próxima sesión, se distrae en conversaciones cotidianas y busca cualquier hueco para “mirar un momento”. Esa preocupación constante por el juego es un termómetro, cuanto más espacio ocupa, menos margen queda para el resto.
Con frecuencia llega la escalada. Se apuesta más dinero o se juega con mayor intensidad para lograr la misma emoción o el mismo alivio. Es una necesidad creciente de apostar que a veces se justifica como “aprovechar una racha”. Al mismo tiempo, la conducta se vuelve difícil de frenar. Hay pérdida de control, intentos de reducir o abandonar que no se sostienen, promesas de “esta es la última” que se rompen al poco tiempo.
Otra señal clave es el uso del juego como anestesia emocional. Se juega para escapar de la ansiedad, del estrés, del aburrimiento o de una tristeza persistente. Cuando el juego pasa a ser un regulador del malestar, el riesgo aumenta. Y a partir de ahí se instala con facilidad el secretismo, aparecen las mentiras, minimizar el tiempo, ocultar importes, borrar rastros, improvisar excusas. No es un rasgo moral, es una estrategia para proteger la conducta.
El deterioro económico suele llegar en oleadas. Primero son pérdidas asumibles, luego aparecen deudas, créditos, impagos, dinero que falta en casa. En ese punto surge una dinámica especialmente destructiva, los intentos desesperados de recuperar lo perdido. Perder no frena, empuja a volver para compensar, y esa persecución agranda la espiral.
Las consecuencias se notan también en la convivencia y en el trabajo. Crecen los conflictos familiares o laborales, se rompe la confianza, baja el rendimiento, se cometen errores por falta de concentración, se llega tarde o se busca tiempo para jugar a escondidas. En paralelo, el estado emocional se vuelve más frágil, irritabilidad, inquietud, ansiedad cuando no se puede jugar. También pueden aparecer alteraciones del sueño y un aislamiento progresivo.
La señal final, a menudo la más visible para el entorno, es el abandono de actividades importantes. Hobbies que se dejan, amistades que se apagan, planes que se cancelan, responsabilidades que se posponen una y otra vez. El juego ocupa el centro y lo demás se convierte en accesorio.
Conviene recordarlo, no es un problema de “fuerza de voluntad”. Suele estar ligado a distorsiones como la ilusión de control, y a dificultades para regular emociones. La intervención psicológica, el acompañamiento familiar y, en algunos casos, apoyo médico, ayudan a romper el ciclo y recuperar rutinas.
Conviene insistir en una idea, no hace falta que estén presentes todas las señales. La repetición de varias, y sobre todo el daño en la vida diaria, son motivos suficientes para pedir orientación. Actuar pronto puede marcar la diferencia, y evitar que el problema se cronifique.
